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Golpe en Bolivia: el racismo en la Operación «Los lujos de Evo»

Los especialistas opinan sobre los prejuicios que habilitaron el show

Uno de los engranajes del golpe de Estado en Bolivia consistió en una puesta en escena de la ministra de Comunicación de facto, que intentó desprestigiar a Evo Morales con una visita guiada a la residencia en la que vivía «como un jeque árabe». Las imágenes lo desmienten. Una arqueóloga y un historiador consultados explican por qué a un presidente «blanco y rubio» no se lo hubieran hecho.

El viernes, mientras en Cochabamba las Fuerzas Armadas reprimían a balazos a los cocaleros que marchaban en contra del golpe de Estado, los portales de noticias y las redes sociales se entregaron al show fiscalizador de los «lujos» de la vida de Evo Morales.  Durante la mañana, la ministra de Comunicación Roxana Lizárraga decidió abrir las puertas de la «suite presidencial» del derrocado presidente de Bolivia en la Casa Grande del Pueblo y organizó un tour guiado por las dependencias personales del exmandatario.  “Parece la habitación de un jeque árabe», les dijo a los periodistas que había convocado. De manera simultánea, cuando el video del recorrido recién comenzaba a circular, se viralizaron imágenes de Evo Morales saliendo de un elegante restaurante en la ciudad de México, en donde se encuentra actualmente exiliado.

Desde muchos sectores se denunció el racismo implícito (y a veces no tanto) de aquella cobertura y Página 12 conversó con expertos sobre el tema«Hay un componente absolutamente racista en la presunción de que un presidente de origen humilde, cocalero, campesino, procedente de los pueblos originarios, no pueda salir a comer a un restaurante cinco estrellas o tener un baño con jacuzzi», explicó a Página/12 Leandro Morgenfeld, historiador e investigador del Conicet. «A otro presidente, blanco, occidental y rubio, no le hubieran hecho eso», coincidió Alejandra Korstanje, directora del Instituto de Arqueología y Museo de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT).

«El objetivo es trabajar sobre un público que no cree que un dirigente del Movimiento Al Socialismo con cara de indio pueda ocupar esos lugares, la idea es apelar a esa reacción racista», agregó Morgenfeld, quien además remarcó el doble estándar utilizado por varios medios nacionales a la hora de denunciar las supuestas riquezas de los líderes populares, pero omitir las del resto.

«A otro presidente, blanco, occidental y rubio, no le hubieran hecho eso», coincidió Alejandra Korstanje, directora del Instituto de Arqueología y Museo de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Pero a Evo no se la dejaron pasar. Los medios compartieron compulsivamente fotos de la casa de Gobierno en La Paz en las que se ve un  escritorio de trabajo cubierto de papeles, una cama de madera de dos plazas con las mesas de luz abiertas para espiar en su interior, un baño con un pequeño jacuzzi, una sala de reuniones: las imágenes mostraban dependencias más bien humildes, sin embargo la ministra de Comunicación de la «autoproclamada» Jeanine Áñez – la misma que denunció que los periodistas que cubrían la crisis en Bolivia «hacían sedición» – hablaba de «palacete» y aquel discurso impregnó las notas periodísticas que hicieron del recorrido. «Los lujos que rodeaban a Evo Morales», titularon.

«Hay que entender que el golpismo en el Siglo XXI tiene objetivos similares pero modalidades distintas al golpismo del Siglo XX. Los intereses geopolíticos son los mismos pero las formas son diferentes», destacó Morgenfeld. «Las ofensivas ya no se dan solamente adiestrando militares en la Escuela de las Américas (algo que sigue sucediendo, porque el militar que le recomendó a Evo que renunciase se había entrenado allí). Sino que hay elementos novedosos, como la operación de ONGs financiadas por los Estados Unidos, la guerra judicial o Lawfare y la cartelización de empresas periodísticas que las lleva a operar con una estrategia internacional», indicó.

En este sentido, Morgenfeld inscribió la operación contra Evo Morales en una «estrategia continental que apunta a satanizar a los lideres populares». El exhibicionismo morboso de las habitaciones de Evo en la Casa Grande del Pueblo recuerdan a otras incursiones mediáticas a las casas de dirigentes regionales. En el 2016, varios medios nacionales hicieron una extensa cobertura de la «lujosa» vivienda – siempre el mismo adjetivo – de Milagro Sala en San Salvador de Jujuy. Mostraban imágenes de la pileta o comentaban el valor del auto que la líder de la Tupac Amaru tenía, se planteaba una supuesta contradicción entre su discurso popular y la «opulencia» en la que vivía. Lo mismo se hizo con el «departamento de lujo» que terminó llevando preso al expresidente brasileño Lula Da Silva.

«Estos comentarios se explican por el racismo, pero también por el prejuicio que hay respecto a lo que debería ser el socialismo», agregó, por su parte, Alejandra Korstanje. «Es como si estuvieran obligados a vivir como espartanos», cuestionó la arqueóloga y comparó el show armado por la ministra de Comunicación con los videos que muestran la casa de Evo en Villa María, luego de que ésta hubiera sido destrozada tras su renuncia: «La gente joven se sorprendía de que un presidente como Evo, socialista e indígena, tuviera una cinta caminadora. Resumían la distancia que había entre él y el pueblo en ese detalle», explicó.

Página 12

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