Encarnación Ezcurra toma la palabra: una figura incómoda que el teatro vuelve carne
El unipersonal protagonizado por Lorena Vega se presentó anoche en el Teatro Independencia y reconstruye, con intensidad y algunas zonas discutibles, a una de las mujeres más influyentes del siglo XIX argentino.

No hay intento de solemnidad ni distancia académica en Yo, Encarnación Ezcurra. La obra, que anoche se presentó en el Teatro Independencia a sala llena, elige otro camino: convertir a una figura histórica en presencia viva, cargada de deseo, estrategia y contradicción.
Desde ese lugar, Lorena Vega construye una Encarnación que se corre rápido del molde más conocido: el de la esposa de Juan Manuel de Rosas. Acá hay otra cosa. Hay una mujer que empuja decisiones, que articula poder en las sombras y que entiende las reglas del juego incluso cuando no le permiten jugar de manera formal.
El texto de Cristina Escofet, con dirección de Andrés Bazzalo, se apoya en las cartas reales entre Encarnación y Rosas para construir una narrativa que no sigue un orden cronológico rígido, sino más bien emocional. En poco más de una hora, la obra arma un recorrido que va desde la joven que acelera su propio destino hasta la figura endurecida que opera políticamente mientras su marido construye poder en otros territorios.

Hay algo particularmente logrado en cómo se muestra esa red invisible que sostiene el poder: rumores que circulan, favores entre mujeres, criadas que funcionan como mensajeras estratégicas, alianzas que no dejan registro pero que definen escenarios. En ese entramado, la Encarnación que aparece no es secundaria, sino central.
La puesta acompaña sin imponerse: un espacio mínimo —un cheslong, un espejo, un poncho, cartas desparramadas— que deja todo en manos de la actriz. Y Vega responde con un trabajo que evita la rigidez. No fija al personaje, lo atraviesa. Cambia de tono, de energía, de cuerpo. Puede ser seductora, áspera, irónica o feroz en cuestión de segundos.
Esa inestabilidad es uno de los puntos más interesantes de la obra. Porque impide que Encarnación quede encerrada en una única lectura.
Sin embargo, no todo se sostiene con la misma fuerza. En su intento por recuperar a esta figura del lugar marginal que le dio la historia, la obra tiende por momentos a ordenar demasiado su mirada. Algo que ya aparecía en análisis de medios como Página/12: la construcción política del personaje es potente, pero también bastante direccionada.
El resultado es una tensión rara. Por un lado, hay una figura compleja, llena de matices. Por otro, un discurso que a veces parece querer cerrar esas ambigüedades en lugar de dejarlas abiertas.

Artículo: Luis Ferreira/Carina Bruzzone.



